El Mapa del Cosmos en tu Cuaderno: Todo sobre el Universo de los Mandalas
¿Alguna vez te has quedado hipnotizado mirando el rosetón de una catedral o los patrones concéntricos de un encaje de bolillos tradicional? Si la respuesta es sí, entonces ya has tenido tu primer encuentro místico con el concepto de mandala. Aunque hoy en día los vemos en todas partes, desde fundas de móvil hasta los libros de colorear que la mismísima Paquita Salas usaría para calmar sus nervios tras una crisis en la oficina, los mandalas son mucho más que simples dibujitos geométricos para subir a Instagram. Estamos ante una de las herramientas tecnológicas de la mente más antiguas de la humanidad, un auténtico GPS espiritual que intenta conectar nuestro caótico mundo interior con la vastedad ordenada del universo. En este post vamos a desgranar, con la precisión de un capítulo de El Ministerio del Tiempo, por qué estas figuras circulares han obsesionado a monjes budistas, a psicólogos suizos con barbas imponentes y a artistas de todo el planeta desde hace miles de años. Prepárate, porque vamos a viajar desde el centro de tu propio ser hasta el infinito absoluto, sin movernos de la silla.
Para empezar este viaje, lo primero es ponernos técnicos con el nombre, porque en el mundo de la divulgación nos gusta que las cosas queden claritas. La palabra mandala viene del sánscrito y, de forma literal, significa «círculo». En el sistema de transliteración internacional se escribe maṇḍala y en la escritura devanagari se representa como मण्डल. Un dato curioso para los amantes de la lengua: la Real Academia Española, que es como el VAR del castellano, acepta tanto la pronunciación plana «mandala» como la esdrújula «mándala», que es la que más se acerca a la etimología original. Así que, elijas la que elijas, no vendrá ningún purista a corregirte mientras tomas un café con leche en la Plaza Mayor.
Pero, ¿qué es un mandala más allá de su nombre? Estructuralmente, es una representación del macrocosmos y el microcosmos. Imagina que es como un mapa de Google Maps, pero en lugar de buscar la calle más cercana, estás buscando el centro del Universo. Tradicionalmente, se presenta como un círculo inscrito dentro de una forma cuadrangular. En la práctica budista, estas figuras suelen ser muy detalladas y figurativas, mientras que en el hinduismo encontramos los yantras, que son más lineales y geométricos. Lo fascinante es que no es algo exclusivo de Asia.
Si nos ponemos en plan arqueólogos del arte, veremos configuraciones mandálicas en los rosetones de vitrales de las catedrales góticas europeas, en los laberintos medievales que los fieles recorrían de rodillas, en las chacanas del mundo andino e incluso en los diagramas de arena de los indios pueblo en Norteamérica. Es como si el ser humano, sin importar dónde estuviera, hubiera decidido que el círculo es la forma definitiva de la perfección.
Esta universalidad no pasó desapercibida para uno de los grandes nombres de la psicología: Carl Gustav Jung. Si Freud estaba obsesionado con lo que escondemos bajo la alfombra, Jung se fijó en lo que todos compartimos, lo que él llamó el inconsciente colectivo. Para Jung, el mandala no era solo un dibujo religioso, sino una expresión del «Sí-mismo» (el Selbst). Él observó que sus pacientes dibujaban círculos de forma espontánea cuando estaban en procesos de crisis o transformación. Según su teoría, el centro del mandala representa el objetivo hacia el que todos caminamos: la individuación. Es decir, el proceso de convertirnos en seres completos y únicos, equilibrando nuestras luces y nuestras sombras.
Dibujar un mandala es, para la psicología analítica, una forma de poner orden en el caos mental, algo así como hacer un «defrag» al disco duro de nuestro cerebro. Si buceamos en el diccionario sánscrito de Sir Monier Monier-Williams, descubrimos que el término mandala tiene acepciones que van mucho más allá de lo espiritual, y aquí es donde la cosa se pone verdaderamente interesante. No solo significa círculo o disco solar; también se usa para describir órbitas celestes, una pelota para jugar, un espejo, e incluso un tipo de formación militar. ¡Hasta se usa en la literatura erótica hindú para hablar de marcas redondas en la piel!
Pero quizá lo más relevante para la historia de la literatura es que el Rig-veda, el texto más antiguo de la India, está dividido en diez «mandalas» o lecciones. Esto nos da una pista de que el concepto de mandala implica una totalidad organizada, un cuerpo completo de conocimiento que se expande desde un núcleo central. En la cultura pop actual, hemos adoptado el mandala como el aliado definitivo contra el estrés. Seguro que has visto esos libros de colorear que prometen relajarte más que un maratón de series un domingo por la tarde.
Y no es solo marketing: la ciencia respalda esta práctica. Un estudio de Nancy A. Curry y Tim Kaser en 2005 demostró que colorear mandalas reduce significativamente los niveles de ansiedad y cortisol. ¿Por qué? Porque requiere una atención focalizada que nos saca del bucle de pensamientos negativos. Es lo que los expertos llaman «estado de flujo». Al elegir los colores y seguir las líneas concéntricas, entramos en una especie de meditación activa. No hace falta ser un monje tibetano que pasa semanas creando un mandala de arena de colores (que luego destruyen ritualmente para recordar la impermanencia de la vida, un concepto muy «deep»), basta con tus rotuladores y un poco de tiempo para ti.
Para terminar, hablemos de la simbología de sus formas. El círculo evoca el eterno retorno, los ciclos de la naturaleza y el uróboros (esa serpiente que se muerde la cola y que tanto juego da en la mitología). El cuadrado, por otro lado, suele representar lo terrenal, los cuatro puntos cardinales y la estabilidad. Cuando unimos ambos, estamos intentando reconciliar lo divino con lo humano, lo infinito con lo finito. Así que la próxima vez que veas un mandala, ya sea en un tatuaje, en una vidriera o en un cuaderno, recuerda que estás ante un símbolo que une a toda la humanidad. Es un recordatorio de que, aunque la vida parezca a veces un caos sin sentido, siempre hay un centro, un punto de equilibrio al que podemos regresar. Como dirían en una peli de ciencia ficción de Christopher Nolan: todo está conectado por una geometría invisible que solo tenemos que aprender a ver.
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