El misterio de la Lanmaoa asiatica: la seta que te hace ver gente diminuta
Imagina que te sientas a comerte un buen revuelto de setas, a lo Karlos Arguiñano, y de repente el mantel se te llena de personajillos del tamaño de un pulgar que empiezan a desfilar entre los cubiertos. No, no es el guion de un episodio bizarro de 'David el Gnomo' ni te han echado nada raro en el vino. Resulta que en la naturaleza existe un misterioso hongo que, si no lo cocinas como es debido, te provoca alucinaciones de lo más curiosas: te hace ver gente diminuta de forma literal. Y lo más flipante del asunto es que no contiene absolutamente ninguno de los principios activos psicodélicos que la ciencia conoce hasta la fecha. Nada de psilocibina. Nada de muscimol. Este hongo es un auténtico expediente X de la micología que lleva de cabeza a los investigadores y que nos abre la puerta a un misterio biológico y neurológico fascinante. Preparaos, mentes curiosas, porque hoy nos vamos de viaje lisérgico y científico para conocer a la Lanmaoa asiatica.
Si hay una tradición que nos gusta en España cuando llega el otoño, es coger la cesta de mimbre, calzarnos unas buenas botas y echarnos al monte a buscar setas. Desde los pinares de Soria hasta los tupidos bosques de Euskadi, buscar un buen boletus o unos níscalos es casi un deporte nacional. Pero imagina por un momento que, tras llegar a casa y prepararte un buen festín al más puro estilo de Karlos Arguiñano, empiezas a notar algo raro. De repente, de detrás del salero, asoma una figurita minúscula. Luego otra. Y en cuestión de minutos, tienes a un ejército de hombrecillos del tamaño de un click de Playmobil desfilando por el mantel, escalando tu cuchara y saltando a tu plato. No, no te has vuelto loco, ni estás sufriendo un brote psicótico, ni estás viviendo un remake español de «Los viajes de Gulliver». Estás bajo los efectos de la Lanmaoa asiatica, un hongo que está dejando a la comunidad científica completamente patidifusa.
Este hongo silvestre es el protagonista de uno de los fenómenos psiquiátricos más raros y fascinantes que existen en la literatura médica: las alucinaciones liliputienses. El nombre, como ya habréis adivinado los más avispados, hace honor a los diminutos habitantes de la famosa novela clásica de Jonathan Swift. Pero lo que parece un cuento de hadas o un episodio sacado directamente de «David el Gnomo» es una realidad clínica muy seria. La Lanmaoa asiatica es una especie comestible muy apreciada en la provincia china de Yunnan, en el suroeste del país, donde crece de forma natural en una estrecha relación de simbiosis con las raíces de los pinos locales. Allí la conocen cariñosamente como «Jian shou qing», que traducido viene a ser algo así como «el hongo que toca la mano y se vuelve azul». Y es que, al igual que pasa con algunos boletus muy comunes en nuestra geografía ibérica, su carne cambia drásticamente a un tono azulado oscuro e intenso cuando se la presiona o se la corta debido a la rápida oxidación de ciertos compuestos químicos al entrar en contacto con el aire.
En los coloridos mercados tradicionales de Yunnan, esta seta se vende a montones durante su temporada alta, que abarca de los meses de junio a agosto. Es un auténtico manjar para la población local, pero viene con una advertencia cultural clarísima que pasa de generación en generación como si fuera un conjuro antiguo: hay que cocinarla muy, pero que muy bien. Si no le das el tiempo de cocción adecuado a una temperatura lo bastante alta en el wok, los compuestos tóxicos termolábiles (aquellos que tienen la propiedad de destruirse con el calor intenso) no se degradan lo suficiente. El resultado de las prisas culinarias es que, cada año, cientos de comensales acaban en urgencias completamente desorientados, apartando duendecillos invisibles de sus batas de hospital. Los registros médicos chinos tienen hasta un nombre propio para llamar a estas curiosas visiones, las denominan «xiao ren ren», que significa de forma literal y muy descriptiva «personitas».
Pero el misterio insondable de la Lanmaoa asiatica va mucho más allá de un simple empacho con efectos secundarios graciosos. Recientemente, un intrépido equipo de científicos liderado por los investigadores Colin Domnauer y Bryn Dentinger, pertenecientes al Museo de Historia Natural de Utah, ha publicado un estudio sumamente revelador en la prestigiosa revista científica Mycologia. Se propusieron mapear todo el árbol filogenético de este género de hongos para encontrar al culpable químico de estas visiones. La filogenómica, para que nos entendamos de forma sencilla, es como hacer un test de paternidad de ADN a nivel de especies enteras para ver quién es primo biológico de quién a lo largo de millones de años de evolución. Lo que descubrieron analizando los datos fue absolutamente alucinante: encontraron que las mismas visiones de seres diminutos se daban de forma totalmente independiente en ciertas comunidades del norte de Filipinas. A miles de kilómetros de la provincia de China, en Filipinas conocen popularmente al hongo como «Sedesdem» y aseguran firmemente que provoca visiones de los «ansisit», los conocidos duendes de su propio folclore regional. Tras analizar detenidamente el ADN de las muestras de esporas filipinas y compararlo con las chinas, ¡bingo! Resultó que era exactamente la misma especie haciendo de las suyas en culturas completamente desconectadas geográficamente.
Llegados a este punto de nuestra clase de ciencias de hoy, seguramente os preguntaréis: «Vale, todo esto suena muy bien, ¿y qué sustancia química lleva esto exactamente? ¿Es como comerse un tripi biológico?». Pues atención, porque aquí es precisamente donde a los neurocientíficos y farmacólogos del mundo entero les explota literalmente la cabeza. Los hongos alucinógenos clásicos que todos conocemos, como los famosos monguis o setas mágicas del género Psilocybe, contienen elevadas dosis de psilocibina. Esta molécula es estructuralmente muy parecida a la serotonina, un neurotransmisor clave que regula muchísimas funciones en nuestro cerebro humano. La psilocibina se une de forma agresiva a los receptores 5-HT2A y provoca una alteración masiva y caótica de la percepción: el usuario ve complejos patrones geométricos, colores hiperrealistas y saturados, destellos de luz, y a menudo experimenta la famosa «muerte del ego» o una intensa conexión mística e inefable con el universo. Otros hongos célebres, como la icónica, reconocible y tóxica Amanita muscaria (sí, la famosa seta roja con llamativos puntitos blancos en la que viven Los Pitufos), utilizan potentes armas químicas como el ácido iboténico y el muscimol. Estas moléculas actúan sobre los receptores GABA de nuestro sistema nervioso central, provocando fuertes delirios, gran sedación, somnolencia extrema y brutales alteraciones del tamaño aparente de los objetos (el conocido clínicamente como síndrome de Alicia en el País de las Maravillas). Sin embargo, y agarraos bien a la silla, resulta que la Lanmaoa asiatica no tiene NADA de esto.
Tras someter a este peculiar hongo a los más exhaustivos análisis químicos y cromatográficos de última generación disponibles hoy en día, los laboratorios modernos no han detectado ni rastro de psilocibina, ni rastro de muscimol, ni rastro de ninguna triptamina u otro compuesto psicoactivo tradicional que la ciencia tenga catalogado en sus amplias bases de datos farmacológicas. Así que, sea lo que sea la molécula que esta seta esconde en su interior, es algo completamente nuevo, un misterio inédito para la química orgánica moderna. Y lo que resulta todavía más intrigante y fascinante para los investigadores: su efecto sobre la mente humana es increíblemente específico. Mientras que la famosa psilocibina te proporciona un viaje impredecible y abstracto que depende muchísimo de tu estado de ánimo previo y de tu entorno (el conocido 'set and setting'), la enigmática Lanmaoa provoca de forma sistemática exactamente la misma alucinación en casi todo el mundo: decenas o cientos de personajillos que corretean e interactúan con el entorno físico real del sujeto. Como afirma estupefacto el investigador principal Domnauer, no existe ningún otro compuesto conocido actualmente por la humanidad que produzca sistemáticamente unas alucinaciones tan concretas, detalladas, repetibles y universales.
Este asombroso nivel de especificidad perceptiva nos plantea preguntas verdaderamente fascinantes sobre cómo funciona nuestro cerebro en su nivel más fundamental. Si una sola molécula desconocida y no identificada aún puede hacer que cualquier cerebro humano, ya sea el de un oficinista chino de hoy en día inmerso en la tecnología o el de un humilde campesino filipino aislado en las montañas, proyecte ineludiblemente personitas del tamaño de un pulgar correteando por la habitación, significa que existe un circuito neuronal altamente específico encargado de procesar la escala física y la antropomorfización (es decir, nuestra tendencia innata a ver y reconocer formas humanas en el entorno). Ese circuito está siendo hackeado de forma quirúrgica por esta sustancia. Encontrar, aislar y comprender por fin este compuesto químico oculto podría revolucionar para siempre la neurociencia moderna, dándonos una valiosísima llave maestra química para entender con precisión cómo nuestra corteza visual y nuestro sofisticado lóbulo parietal construyen de forma conjunta nuestra percepción de la escala, del tamaño de lo que nos rodea y de la propia realidad física. A largo plazo, el dominio de este mecanismo cerebral incluso podría tener aplicaciones revolucionarias para tratar todo tipo de trastornos neurológicos y psiquiátricos raros que actualmente no tienen una cura clara.
Y por si todo esto fuera poco, la historia se vuelve todavía más digna de una película de misterio al estilo de Indiana Jones cuando rascamos un poco en los polvorientos textos antiguos. Un antiguo e ilustre pergamino taoísta chino que data nada menos que del lejano siglo III de nuestra era ya mencionaba detalladamente una «seta espíritu de carne» que, si se consumía completamente cruda, te permitía «ver a una persona pequeña» e, irónicamente, te ayudaba a «alcanzar la trascendencia de inmediato». Diecisiete largos siglos antes de que la genética moderna pudiera soñar con secuenciar su código de ADN en un laboratorio, los antiguos y sabios alquimistas asiáticos ya habían catalogado a este hongo como un auténtico portal directo a otra dimensión habitada por seres diminutos.
Pero antes de que a nadie, llevado por el asombro y la curiosidad, se le ocurra coger el primer vuelo a la bella región de Yunnan para intentar montarse su propia fiesta privada con los duendes locales, hay que dar una advertencia médica muy, pero que muy severa. Los investigadores internacionales recalcan de forma tajante que los efectos de este hongo no son, en absoluto, ninguna broma recreativa y que jugar con ellos es jugar a la ruleta rusa con tu salud mental. Las intensas alucinaciones provocadas duran entre 12 y 24 largas horas, y en algunos casos puntuales el estado de intoxicación severa, ansiedad y desorientación espacial es tan bestia que obliga irremediablemente a requerir hospitalizaciones de hasta tres angustiosos días seguidos en observación. A diferencia de otras sustancias, no existe una arraigada tradición de uso lúdico, espiritual o recreativo asociada a este hongo precisamente porque la experiencia que produce es abrumadora, físicamente agotadora y, muy a menudo, aterradora para el que la sufre sin saber qué está pasando. De hecho, desde que estas extrañas alucinaciones liliputienses se describieron médicamente por primera vez de forma oficial en un lejano año 1909, apenas hay documentados poco más de doscientos casos clínicos en toda la literatura médica internacional.
Así que, ya lo sabéis, queridos y curiosos lectores. Mientras la ciencia oficial sigue buscando a contrarreloj y con sus mejores herramientas la escurridiza molécula fantasma responsable de desencadenar este espectacular y extraño fenómeno, la misteriosa Lanmaoa asiatica sigue vendiéndose tranquilamente cada verano en los coloridos y bulliciosos mercados callejeros asiáticos, camuflada inocentemente entre centenares de otras sabrosas especies micológicas completamente inofensivas. Si alguna vez os cruzáis con ella en un viaje exótico al otro lado del mundo y, armados de valor, os animáis a probar su afamado y potente sabor culinario, aseguraos por todos los medios posibles de que el cocinero experto sepa muy bien lo que hace con los fogones. Porque un simple descuido de un par de minutos de menos en el fuego de la sartén podría convertiros, de un plumazo y sin previo aviso, en el anfitrión involuntario y aterrorizado de una auténtica verbena de gnomos en miniatura bailando a sus anchas por el salón de vuestra propia casa. Definitivamente, la sabia naturaleza y, sobre todo, los insondables recovecos de nuestra compleja mente humana, nunca jamás dejarán de dejarnos con la boca abierta y con unas inmensas ganas de seguir aprendiendo.