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La influencer de 106 años: Whang-od y el arte milenario del batok

La influencer de 106 años: Whang-od y el arte milenario del batok

¿Alguna vez habéis pensado en qué estaréis haciendo a los ciento seis años? Mientras que la mayoría de nosotros nos conformamos con llegar a esa edad pudiendo recordar dónde dejamos las llaves del coche, Maria Oggay, más conocida mundialmente como Whang-od, ha roto todos los esquemas de la cultura pop actual al protagonizar la portada de Vogue Filipinas. No es una modelo de pasarela al uso, ni una celebridad de Instagram con filtros de belleza infinitas; es la última y más antigua «mambabatok», una maestra del tatuaje tradicional de la etnia Kalinga que lleva marcando la piel de su pueblo desde antes de que se inventara la televisión en color. En un mundo obsesionado con la obsolescencia programada y las tendencias efímeras de TikTok, Whang-od se alza como un monumento vivo a la resistencia cultural, demostrando que el arte verdadero no entiende de fechas de caducidad. Hoy vamos a diseccionar la ciencia, la historia y el impacto social de esta leyenda viviente que, desde su remota aldea de Buscalan, ha puesto en jaque nuestra visión moderna de la estética y la identidad. Prepárate para un viaje que mezcla la antropología más pura con el carisma de alguien que hace que Jordi Hurtado parezca un principiante en esto de la longevidad.


Para entender la magnitud de la figura de Whang-od, primero debemos situarnos en el mapa. Imaginad un lugar tan remoto en las montañas de Filipinas que el GPS simplemente se rinde. Hablamos de Buscalan, en la provincia de Kalinga. Allí vive Whang-od, una mujer que pertenece al pueblo Butbut y que ha mantenido viva una técnica de tatuaje que se remonta a hace más de mil años. Pero no os imaginéis un estudio de tatuajes moderno con luces LED, música chill-out y máquinas rotativas de última generación. Aquí la tecnología es orgánica y brutalmente efectiva: se llama «batok». Esta técnica consiste en utilizar una espina de un árbol frutal (generalmente de pomelo o calamansí) sujeta a un palo de bambú, que se golpea rítmicamente con otro palo para inyectar la tinta en la dermis. Es, en esencia, una impresora de impacto humana que funciona a base de pulso y tradición.

Desde el punto de vista técnico y biológico, el proceso es fascinante. La tinta que utiliza Whang-od es una mezcla rudimentaria pero química mente estable de agua y hollín (carbón vegetal). Cuando la espina penetra la piel, deposita estas partículas de carbono en la capa dérmica. Al ser un proceso manual, la profundidad del pinchazo varía, lo que genera una respuesta inflamatoria mucho más intensa que la de una aguja de acero quirúrgico moderna. Es lo que en la cultura popular llamaríamos un tatuaje nivel «hardcore». Sin embargo, para los Kalinga, este dolor no es gratuito; es un rito de paso, un lenguaje visual que narra quién eres y qué has logrado en la comunidad. Durante décadas, Whang-od tatuó a los guerreros cazadores de cabezas, los «butbut», que se ganaban sus marcas protegiendo a la aldea o eliminando enemigos. Era como desbloquear logros en un videojuego de la vida real: si defendías tu hogar, obtenías el diseño de un águila en el pecho.

Pero el tatuaje Kalinga no es solo una cuestión de testosterona y guerra. Existe el «fatok», que es el tatuaje destinado a las mujeres. Para ellas, las marcas en la piel son un símbolo de belleza, madurez y riqueza. En la cosmología de Whang-od, una mujer sin tatuajes es como un lienzo incompleto o, para traerlo a nuestra cultura popular, como un perfil de redes sociales sin foto de portada. Los diseños están inspirados en la naturaleza: escamas de serpiente pitón, escaleras que simbolizan el ascenso espiritual o patrones geométricos que representan los campos de arroz. El tatuaje de la pitón tiene un trasfondo mitológico precioso; se dice que fue un regalo del dios Banna a una noble llamada Lagkunawa. Es decir, estamos ante un arte que mezcla la dermatología con la teología indígena.

Lo que hace que Whang-od sea una verdadera revolucionaria, más allá de su asombrosa edad, es cómo ha gestionado el legado del «batok». Tradicionalmente, este arte era un secreto transmitido únicamente por linaje masculino. Sin embargo, la historia de Filipinas y la modernidad hicieron que los hombres de su generación perdieran el interés por esta práctica. Ante la posibilidad de que mil años de cultura se extinguieran, Whang-od tomó una decisión que cambiaría el rumbo de la antropología moderna: comenzó a enseñar a mujeres de su propia sangre, como su sobrina nieta Grace Palicas e Ilyang Wigan. Esta ruptura de la tradición patriarcal fue aceptada por su comunidad porque entendieron que era la única forma de supervivencia de su identidad. Hoy en día, gracias a esta apertura, el pueblo de Buscalan ha pasado de ser una aldea olvidada a un centro de peregrinación para miles de turistas que caminan horas entre arrozales solo para recibir tres puntos de tinta de la mano de la maestra.

Hablemos de su impacto en la cultura de masas. En 2007, el antropólogo Lars Krutak la presentó al mundo en la serie «Tattoo Hunter» de Discovery Channel. Fue el equivalente cultural a que un superhéroe de Marvel apareciera en una película independiente. De repente, Whang-od se convirtió en un icono global. Pero a pesar de la fama, los premios nacionales en Filipinas y las portadas en revistas de moda, ella sigue levantándose al amanecer para dar de comer a sus cerdos y gallinas. No se ha dejado seducir por el brillo del «mainstream». Su firma actual consiste en tres puntos verticales, que representan el pasado, el presente y el futuro de su arte, o más específicamente, a ella misma y a sus dos aprendices. Es una lección magistral de marketing orgánico: una marca personal que no necesita logotipos caros porque tiene el peso de la historia detrás.

Desde una perspectiva sociológica, el fenómeno Whang-od plantea debates interesantes sobre el turismo cultural. Miles de personas viajan para tatuarse con ella, lo que ha inyectado una cantidad ingente de pesos filipinos en una economía local de subsistencia. Whang-od puede llegar a tatuar a treinta personas al día, algo impensable para alguien de su edad. Aquí es donde entra el debate: ¿es esto preservación o explotación? La respuesta, según los expertos, se inclina hacia la resiliencia. El tatuaje ha salvado a Buscalan de la pobreza extrema y ha revalorizado una cultura que el gobierno filipino solía ver con recelo. Incluso el tema de su edad ha sido un asunto de estado. Al no existir registros oficiales en las zonas rurales de 1917, hubo dudas sobre su centenario, pero finalmente el gobierno le otorgó un documento de identidad oficial reconociendo su fecha de nacimiento el 17 de febrero de 1917. Es, oficialmente, un tesoro nacional viviente.

Para concluir, Whang-od no es solo una anciana que hace dibujos en la piel. Es una cápsula del tiempo humana que nos recuerda que la identidad es algo que se construye y se defiende. Mientras nosotros nos preocupamos por si un tatuaje nos impedirá conseguir trabajo en una oficina, ella nos recuerda que para su pueblo, el tatuaje era el trabajo mismo: el registro de su historia, su valor y su conexión con lo divino. En un mundo de filtros y apariencias, Whang-od nos regala la autenticidad del hollín y la espina. Es la prueba de que, a veces, para avanzar, hay que mirar atrás y golpear el bambú con la cadencia de los que estuvieron aquí antes que nosotros. Si alguna vez tenéis la suerte de visitar Buscalan, recordad que no estáis comprando un souvenir; estáis participando en una ceremonia de mil años que sigue latiendo bajo la piel de una mujer incombustible.