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La raza humana no existe (y te lo explico con ciencia)

La raza humana no existe (y te lo explico con ciencia)

¿Alguna vez te has parado a pensar por qué dividimos a la humanidad en blancos, negros, asiáticos o latinos como si fuéramos los elfos, enanos y orcos de 'El Señor de los Anillos'? Desde pequeños nos han vendido la moto de que las razas humanas son una realidad biológica indiscutible. Sin embargo, la ciencia tiene algo muy importante que decir al respecto: biológicamente hablando, las razas no existen. Cero. Nada. Son un inventazo cultural, un 'fake' histórico que se coló en nuestra sociedad hace siglos y que nos hemos comido con patatas. Si miras tu ADN y lo comparas con el de cualquier otra persona del planeta, sois prácticamente clones. En este post vamos a ponernos la bata de laboratorio y las gafas de divulgador para desmontar uno de los mitos más grandes de la historia. Agarraos, que vienen curvas genéticas y algún que otro salseo histórico.


En el año 2000, los capos del Proyecto Genoma Humano, con Francis Collins a la cabeza, soltaron un bombazo que dejó a medio mundo picueto: todos los seres humanos compartimos aproximadamente el 99,9% de nuestro ADN. Para que te hagas una idea de lo bestia que es esto, piensa en los chimpancés. Hay subespecies de estos simpáticos primates que tienen más diversidad genética entre ellos en una sola selva que toda la humanidad junta a lo largo y ancho del globo terráqueo. Somos la especie más endogámica y aburrida a nivel genético, una copia de la copia. Así que, si alguna vez te has sentido único y especial, lo siento, tu ADN dice que eres prácticamente idéntico al panadero de tu barrio, a tu cantante favorito de 'Operación Triunfo' y a un señor que vive en la estepa siberiana.

Pero claro, tú te miras al espejo y luego miras a alguien de otro continente y dices: «¡Oye, que somos distintos!». Y sí, físicamente hay diferencias, pero la genética no funciona con cajones estancos. Esa ínfima fracción del 0,1% que nos diferencia no se agrupa en las categorías raciales que nos sabemos de memoria. Los genetistas llaman a esto 'variación clinal'. Imagínate un degradado de colores en Photoshop, o el mapa del tiempo de 'El Tiempo' de La 1, donde los colores cambian poco a poco. Las diferencias cambian geográficamente de forma gradual, sin fronteras mágicas ni muros invisibles. Un madrileño y un noruego comparten más genes entre sí que con alguien de muy lejos, pero esa similitud va disminuyendo como el wifi cuando te alejas del router, sin cortes bruscos.

Agárrate a la silla porque viene el dato que te va a volar la cabeza. La mayor parte de nuestra variación genética existe DENTRO de lo que llamamos 'poblaciones raciales', y no ENTRE ellas. Un estudio del mismísimo 'American Journal of Human Genetics' (palabras mayores en el mundo de las batas blancas) confirmó que dos personas de un mismo grupo racial pueden ser genéticamente más diferentes entre sí que cualquiera de ellas con alguien de otra «raza». Imagina que cogemos a dos señores de Cuenca y los comparamos genéticamente. Es muy probable que sus diferencias de ADN sean mayores que las que tiene uno de esos señores de Cuenca con un masái en Kenia. Si las razas fueran biológicamente reales como pasa con las razas de perros, veríamos muchísima variación entre los grupos y muy poca dentro de ellos. Pero en humanos pasa justo lo contrario. Somos un potaje genético maravilloso.

Llegados a este punto, estarás pensando: «Vale, genio, si no hay razas, ¿qué pasa con el color de la piel?». Es la pregunta del millón y la mayor trampa visual de la historia. El color de la piel está controlado por poquísimos genes. Básicamente, es una respuesta evolutiva, como ponerte crema solar, pero a lo bestia. Hace miles de años, las poblaciones que vivían cerquita del ecuador y se comían un sol de justicia desarrollaron pieles más oscuras llenas de melanina para protegerse de la radiación ultravioleta. En cambio, los que emigraron hacia latitudes más altas, donde el sol brilla tanto como en un invierno en Mordor, desarrollaron pieles más claras para poder sintetizar la vitamina D con la escasa luz solar. Es una adaptación brillante, sí, pero no define absolutamente nada más.

Esos poquitos genes que deciden tu tono de piel no van de la mano con los otros miles de genes de tu cuerpo. No tienen relación con tu riesgo de padecer diabetes, tu grupo sanguíneo o si se te da bien bailar flamenco. Dos personas con el mismo color de piel oscuro pueden tener ancestros totalmente distintos y perfiles genéticos que se parecen lo mismo que un huevo a una castaña. En 2016, la Asociación Americana de Antropólogos Físicos dejó clarinete que los rasgos físicos que históricamente usamos para etiquetar las razas no siguen un patrón coherente a nivel global. El color de la piel es tan solo un chubasquero evolutivo, no te dice nada sobre la arquitectura de la casa.

Si biológicamente somos la misma cosa, ¿de dónde nos hemos sacado el concepto de raza? Pues toca hacer un viaje en el tiempo a la época del colonialismo europeo, entre los siglos XV y XVIII. Cuando las potencias europeas empezaron a conquistar el mundo a lo 'Juego de Tronos', necesitaban una excusa moral para justificar por qué estaban esclavizando y tratando de forma desigual a las poblaciones que se encontraban. La excusa perfecta fue inventarse la raza. Científicos de la época, como Carl Linneo, cogieron sus lupas y empezaron a clasificar a los humanos en categorías rígidas, poniendo (oh, sorpresa) a los europeos blancos en la cima de la jerarquía.

Hay que entender que por aquel entonces no existían los análisis de ADN ni la tecnología que tenemos ahora. Se basaban en lo que veían a simple vista y, seamos sinceros, en unos prejuicios del tamaño de la catedral de Burgos. Esta gran mentira histórica se vistió con bata de ciencia y se trató como una verdad innegable durante siglos. La raza fue la herramienta perfecta para racionalizar lo irracional, para justificar imperios, el comercio de personas y desigualdades atroces. Fue un invento social para mantener el chiringuito de los poderosos, pero la genética del siglo XXI ha llegado con las rebajas para desmontar este chiringuito de cartón piedra.

Ojo, mucho cuidado con esto. Que la raza no exista biológicamente no significa que el racismo no exista o que la raza no tenga un impacto brutal en el mundo real. La ciencia define la raza como un constructo social. Y amigo, los constructos sociales mueven el mundo. Piénsalo: el dinero también es un papelito de colores, un constructo social, pero determina si llegas a fin de mes o si puedes pagarte la hipoteca. Con la raza pasa exactamente igual. Aunque sea un 'fake' biológico, la sociedad la ha hecho tan real que afecta a tu salud, tu educación, la pasta que ganas y hasta tu seguridad en la calle. Es una ficción que produce desigualdades absolutamente reales y tangibles.

Donde este constructo social ha hecho mucho daño es en las consultas del médico. Durante años, la medicina ha usado la raza como si fuera una variable biológica, y eso ha sido una cagada monumental. Algunos algoritmos clínicos daban resultados distintos según la raza del paciente, asumiendo falsamente que por ser negro o blanco tus riñones o tu corazón funcionaban diferente por genética. El glorioso 'New England Journal of Medicine' publicó un estudio demostrando que esto provocaba que pacientes negros recibieran tratamientos peores en cosas como cardiología o nefrología. Usar la raza tapaba los verdaderos culpables de los problemas de salud: el estrés crónico por sufrir discriminación, la pobreza o vivir en un barrio con mucha contaminación ambiental. Afortunadamente, poco a poco vamos desterrando estos algoritmos heredados del pasado.

Entonces, ¿qué sacamos en claro de todo esto? Pues que dejar de creer en el concepto biológico de la raza no significa ignorar el racismo ni la identidad cultural de cada uno. Todo lo contrario: nos permite afinar el tiro. En lugar de pensar que los grupos raciales son como especies de alienígenas diferentes, podemos centrarnos en lo que de verdad causa las diferencias y las injusticias: motivos históricos, sociales y económicos. La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos ya lo ha dicho: basta de usar la 'raza' en los laboratorios y empecemos a fijarnos en la ancestría genética real, en el estatus socioeconómico y en el entorno social.

Tu ancestría cuenta de dónde vienen tus genes, una historia fascinante que el ADN puede leer como un libro abierto y que narra los viajes de tus abuelos y tatarabuelos. Pero tu raza es solo una etiqueta que la sociedad te cuelga basándose en tu aspecto exterior y en el lugar en el que te ha tocado nacer, una etiqueta que cambia según la época y el país, como si fuera una moda pasajera. Separar estas dos ideas no es solo un capricho de intelectuales aburridos con demasiado tiempo libre; es la llave maestra para no repetir las barbaridades de un pasado donde se justificó lo injustificable bajo un manto de pseudociencia. Al final del día, todos somos miembros de una única, maravillosa y caótica familia global. Y eso, francamente, es mucho más alucinante que cualquier división artificial inventada hace cuatrocientos años.