Tinta, poder y 'postureo': La ciencia tras la apropiación cultural en los tatuajes
¿Alguna vez te has parado a pensar si ese diseño geométrico que llevas en el antebrazo es algo más que simple tinta decorativa? En el fascinante mundo de la divulgación científica, solemos centrarnos en la química de los pigmentos o en cómo el sistema inmunitario intenta «comerse» la tinta sin éxito durante décadas, pero hoy vamos a sumergirnos en la antropología y la sociología de lo que grabamos en nuestra piel. Vamos a hablar de la apropiación cultural indebida, un término que a menudo se despacha como simple queja de redes sociales, pero que tiene unas raíces sociales y políticas profundísimas. Para entenderlo, utilizaremos una metáfora ruda pero efectiva de la lingüista mexicana Yásnaya Elena Aguilar: imagina que alguien está intentando que desaparezcas, que te está ahorcando, y mientras lo hace, te quita un adorno del pelo que le gusta para ponérselo él. En este post, desgranaremos por qué el tatuaje no es solo una elección estética individual, sino una tecnología social de identidad que, cuando se extrae de su contexto por puras relaciones de poder, se convierte en un capítulo más de la opresión histórica de los pueblos indígenas.
Para empezar este análisis técnico, debemos entender que el tatuaje, desde una perspectiva antropológica, funciona como un sistema de semiótica corporal. No es muy diferente de los metadatos de un archivo digital o de las etiquetas de código en una página web; los tatuajes indígenas son portadores de información específica sobre el linaje, el territorio y la posición social. En España, durante los años noventa y principios de los dos mil, vivimos una auténtica fiebre de los tatuajes «tribales». Miles de personas acudían a estudios de tatuaje para grabarse patrones abstractos de líneas negras inspirados en culturas polinesias o africanas, a menudo sin tener la menor idea de que esos patrones eran, en realidad, un lenguaje sagrado. Como explica Michael Guetio, de la comunidad Nasa en Colombia, un tatuaje puede englobar miles de símbolos. Él mismo reconoce conocer solo una pequeña fracción, lo que nos indica que estamos ante una base de datos cultural de una complejidad asombrosa que el «postureo» occidental reduce a una simple pegatina permanente.
El meollo de la cuestión no es el intercambio cultural en sí. La historia de la humanidad es una historia de mezclas, como un buen «crossover» de Marvel donde diferentes mundos se encuentran y aprenden el uno del otro. El problema surge cuando ese intercambio no es entre iguales, sino que está mediado por relaciones de poder desiguales. La ciencia social define la apropiación cultural como la adopción de elementos de una cultura oprimida por parte de miembros de la cultura dominante, especialmente cuando se hace sin comprensión, respeto o compensación, y mientras la cultura de origen sigue siendo discriminada por usar esos mismos símbolos. Es decir, es el colmo de la ironía: que a una mujer indígena la discriminen por vestir su huipil tradicional mientras una influencer blanca es alabada por llevar ese mismo diseño como «tendencia ética» en un festival de música.
Si bajamos al detalle técnico de la práctica, descubrimos que los tatuajes indígenas son a menudo una «tecnología de sanación». Por ejemplo, Kunaq Tahbone, del pueblo Inupiaq en Alaska, describe cómo los puntos tatuados en las articulaciones tienen una función biomecánica y espiritual: aliviar dolores físicos y canalizar energías. No son simples puntos para que queden bien en una foto de Instagram; son aplicaciones de un conocimiento ancestral sobre la fisiología humana y la energía. Cuando un tatuador no indígena copia estos puntos por pura estética, está «vaciando» la tecnología de su propósito original. Es como si usaras un microchip de última generación simplemente como un pisapapeles brillante: no solo es un desperdicio de potencial, sino que ignora por completo la ingeniería social y espiritual que hay detrás.
La mercantilización es el punto donde la apropiación se vuelve «extractivismo cultural». Aquí es donde entran las grandes corporaciones, esas que tienen más poder que muchos estados pequeños. Hemos visto casos flagrantes como el de Nike intentando usar motivos del pueblo Guna en unas zapatillas, o firmas de lujo como Carolina Herrera o Dior «inspirándose» sospechosamente en bordados de Tenango de Doria u Oaxaca. Desde la lógica del mercado global, estos símbolos se ven como «recursos naturales» listos para ser explotados, igual que el litio o el petróleo. Sin embargo, para los pueblos indígenas, esto es una forma de despojo simbólico. Es lo que David Hernández Palmar llama la mercantilización de la identidad. Lo curioso es que estas empresas nunca se apropian de las asambleas políticas o de los sistemas de justicia comunitaria de estos pueblos; solo se llevan lo que pueden convertir en una mercancía con código de barras.
¿Y qué dice la ley de todo esto? Pues aquí la ciencia jurídica se queda corta. Los marcos legales actuales son mayoritariamente nacionales y están diseñados para proteger la propiedad intelectual individual o corporativa (copyright), no la propiedad intelectual colectiva y ancestral. Como bien advierte Yásnaya Aguilar, las leyes existentes a menudo «no tienen colmillos». Es profundamente paradójico esperar que el Estado, que históricamente ha sido el principal agente de borrado de las culturas indígenas, sea ahora su guardián oficial. En un mundo donde las empresas son transnacionales, las leyes nacionales son como intentar poner puertas al campo. La protección de estos símbolos requiere un cambio de paradigma en el derecho internacional que reconozca que un diseño puede pertenecer a un pueblo entero y no solo a una empresa que lo registró primero en una oficina de patentes.
Llegados a este punto, muchos os preguntaréis: «Entonces, ¿soy un opresor por llevar unas trenzas o un tatuaje de inspiración maorí?». La respuesta no es un sí o un no rotundo, sino una invitación a que el consumo sea un acto político consciente. Como divulgadores, siempre decimos que la curiosidad es la base del conocimiento. Antes de grabarte algo para siempre o comprar una prenda con motivos étnicos, hazte las preguntas que sugieren los expertos: ¿Quién diseñó esto? ¿Qué significa para su cultura original? ¿Por qué me lo pongo yo? ¿Tengo alguna relación real con ese pueblo o solo me gusta el diseño? No se trata de cancelar a nadie, sino de entender que nuestras decisiones estéticas tienen un peso histórico y político. A veces, la mejor forma de respetar una cultura es, simplemente, saber dar un paso atrás y no intentar poseerla.
En conclusión, la lucha contra la apropiación cultural no es un ataque a la creatividad o al mestizaje, que son motores de la evolución humana. Es una demanda de justicia y de reconocimiento de la soberanía de los pueblos sobre sus propios símbolos. La verdadera colaboración cultural solo puede existir entre iguales, no entre un pueblo que lucha por sobrevivir y una industria que busca el próximo «look» exótico para su campaña de primavera. Al final del día, la piel es el lienzo más íntimo que tenemos, y tratarla con respeto significa también respetar las historias y las luchas que otros han tatuado en ella durante milenios. Así que, antes de pasar por la aguja, recuerda que la tinta no solo mancha la dermis, sino que también puede manchar la historia si no se usa con conciencia.
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